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El teatro sabe, dicen los viejos cómicos. Como si sus veinticuatro siglos le hubieran alcanzado para instalar atavismos, para desaarrollar (en algún sitio innoble, seguro) su glánddula histriona: lo que sus artistas a veces no saben lo sabe el teatro mismo. Un director enfrenta a su elenco en el temido primer ensayo. No tiene una imagen ni por casualidad. Está vacio. El actor entre tanto espera ese algo que no llega. Se enciende un tacho. La presencia de otros parece indicarle su lugar en el vacío. Alguna palabra detona las suyas. Gana el espacio físico, pinta con su cuerpo el imaginario. Todos se mueven por él como si nunca hubieran hecho otra cosa. Nace un mundo. El director mira y dirige: como nacida de algún paradójico gen fosforescente, la puesta se ilumina a sí misma. Como respondiendo a la lógica de un organismo ausente la creación se hace en el interior del propio objeto creado. Quizá por ese atributo misterioso que que todos sus artistas comprobamos alguna vez, es que sabemos sonreír escépticos cada vez que algún agorero (siempre de afuera) proclama su desaparición cercana. El teatro sabe. Saben sus espacios, sus artistas, como parecen saber esos grandes textos que basta dejarlos correr para que pidan espectáculo. Y sabe su público, claro, que es nada más y nada menos que la otra mitad de sí.
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